lunes 16 de noviembre de 2009

Autoestima

Soy como un libro de autoayuda: Ringlets no está llevando nada bien este segundo año en las Américas y cada vez que habla conmigo me cuenta lo mal que está, a lo que yo siempre respondo que es una cuestión de enfoque y que tiene que pensar de forma más positiva, tomar control sobre su vida y hacer algo por cambiar lo que la hace infeliz.
Este fin de semana decidí seguir mi propio consejo y aplicarlo a la única cosa sobre la que aún no había tomado control: mi armario. He engordado al menos 25 kilos desde hace siete años (y no, no estoy exagerando, es tan sencillo como coger una báscula y hacer cuentas) y la ropa de mi armario ha ido disminuyendo según mi peso iba aumentando. Es difícil conseguir ropa de ciertas tallas (por no hablar de ropa que te guste) así que ir a comprar ropa era una pesadilla. Iba una vez al año, cuando mis padres me obligaban, y como no tenía mucha ropa tenía que ponerme la misma una y otra vez hasta que se desgastaba toda y se rompía. Era un círculo vicioso: me veía mal y peor aún con la ropa que tenía, comprar más era una tortura, pero (¿lo había mencionado ya?) me veía mal con la ropa que tenía. Siempre pensaba: ya está, voy a hacer la dieta otra vez, voy a adelgazar y después, cuando vuelva a usar la 38 que llevaba antes, me voy a comprar montones y montones de ropa. Pero me temo que no es el planteamiento adecuado, o al menos no para mí, porque no funcionaba. Así era muy fácil perder la motivación, porque adelgazar 25 kilos es algo que lleva su tiempo. Y, no sé vosotras, pero yo cuando cuando estoy triste como... cuando estoy decepcionada como... cuando estoy enfadada como... En fin, que la situación no ayudaba nada.
En el barrio donde doy clases particulares hay una tienda de ropa, de ropa joven, para tallas grandes. Tienen un montón de cosas que me encantan a precios asequibles. Así que el sábado me compré dos vaqueros (hacía años que no tenía unos) y dos camisetas (y ya le he echado el ojo a un abrigo). Fue como una revelación que tuve de repente: si tengo ropa bonita estaré más a gusto, me gustaré más y, tarde lo que tarde en adelgazar (todos sabemos que la obesidad no es saludable) me sentiré bien por el camino. Porque, si me siento bien, estaré mucho más equilibrada. Y más motivada también.

Qué bien sienta quererse y cuidar de una misma.

martes 10 de noviembre de 2009

Técnicas de estudio

El año pasado aprendí muchas cosas: a ser feliz, a aceptarme a mí misma como soy, a jugar (tengo que reconocer que se me había olvidado), a ver las cosas de forma menos dramática, a abrirme más a la gente, a hacer tortillas de patata y un largo etcétera. Una de las cosas más importantes es que aprendí a estudiar. Bueno, en realidad, lo que hice fue aceptar que tengo mi propio ritmo para las cosas. Si hablamos de técnicas de estudio todo el mundo dirá que lo ideal es estar solo en una habitación silenciosa, hacer descansos más o menos cada hora, etc. En los últimos años mucha gente me ha animado a levantarme temprano, estudiar hasta la hora de comer, descansar un rato y seguir estudiando por la tarde. Suena bien, pero no funciona para mí. Lo he intentado en varias ocasiones y el resultado siempre es nefasto.
Tengo tres hermanos pequeños y siempre he tenido que compartir habitación. Cuando iba al instituto, mientras algunas compañeras de clase se pasaban la tarde estudiando, yo hacía los deberes cagándome en mi hermana, que parecía sentir la necesidad de leer en molestos murmullos. Luego me iba a ver la tele o, la mayoría de las veces, me tumbaba en mi cama y me dedicaba a leer un libro hasta la hora de cenar. Después de la cena y de que mi madre recogiese la cocina yo me sentaba allí con mis apuntes y estudiaba una hora y media o dos horas. No necesitaba más. Ese ratito estaba concentrada, pero si intentaba estudiar más horas me cansaba enseguida y me distraía hasta con el vuelo de una mosca. Al día siguiente me levantaba media hora o una hora antes de lo habitual y repasaba tomándome una taza de té mientras mi familia aún dormía. Me iba estupendamente así.
En la universidad... la mayoría de las veces porque no estudiaba prácticamente nada y otras porque intentaba seguir las reglas las cosas me fueron bastante peor. Mis mejores trabajos son los que he hecho bajo presión, a saber, los que he dejado para el último momento y he hecho en una semana, trabajando de forma intensiva, lo que a otros les ha llevado meses.
Solía sentirme culpable por dejar las cosas para el último momento. Sé que no es recomendable, principalmente porque pueden suceder imprevistos: puedo ponerme enferma, puede morirse mi ordenador, puede haber un apagón o puede estropearse la conexión a Internet. Pero me he dado cuenta de que lo mejor que puedo hacer es aceptarme como soy, darme mi tiempo de ocio, y dedicar pocas horas de concentración absoluta en lugar de muchas horas en las que estaría mirando a las musarañas.
Dicho esto, voy a ver una serie y a dormir mucho para tener energías mañana para hacer un trabajo que tiene que estar listo a las cuatro de la tarde.

Y vosotros, ¿cómo estudiais?

sábado 7 de noviembre de 2009

Cuando el trabajo llama a tu puerta

Siempre he sido una chica más bien desocupada, de esas que al salir del instituto se iban a casa y no tenían más que hacer que merendar y hacer los deberes (y pasarme horas enganchada a algún libro), por eso este año ha supuesto un shock para mí. Si no hubiese sido por mi aventura polaca del año pasado (y mis amigos de allí que me buscaban ocupaciones aunque yo no quisiera) el shock habría sido tan grande que me habría matado.
Entre la cantidad de horas de clase que tengo y las que me he buscado a mayores no doy abasto. Aunque decir que me las he buscado es decir mucho. Yo no he buscado nada. Mi amiga Leia, que se ha ido a Inglaterra este año, estuvo el anterior dando clases particulares a unos cuantos niños y, cuando las madres le preguntaron si conocía a alguien que ocupase su puesto al irse, recordó las penurias económicas que yo solía sufrir y les dio mi número a todas. En consecuencia, doy clase a cinco niños, seis horas a la semana, en la otra punta de la ciudad.
Es un trabajo que me encanta y esos 58 euros semanales me vienen genial, pero espero que Leia no tenga más contactos por ahí porque si no voy a tener que pedirle a dios que haga semanas más largas, que no tengo suficientes días para tanto niño.

Que empiece la fiesta

Ahora mismo podría estar haciendo un montón de cosas: fregar la cocina (que falta le hace), fregar el baño (que tampoco le vendría mal), hacer los deberes (por patético que suene decirlo a los 25 años pero, sí, tengo deberes), hacer mi cama (después de una hora con la ventana abierta ya ha ventilado bastante), escribir unos cuantos mails que tengo pendientes... será por cosas que hacer. Pero como soy tan adicta a escribir como a ver series y tengo un puntito exhibicionista del que por mucho que digievolucione mi caracter no consigo librarme... aquí estoy creando un blog de nuevo.
Digo de nuevo porque, no voy a engañaros, no es la primera vez que tengo un blog. Pero a veces, cuando escribes para gente que ya te conoce tiendes a autocensurarte. Al menos yo lo hago (a veces). Por eso estoy aquí, empezando de cero. Sin censuras.