miércoles 10 de febrero de 2010

Elena y Mónica: Contigo, rosas

-A ver, ¿por qué estás mustia? -pregunta Elena mientras empieza a servir la cena que ha traído del chino.
-¿Cómo te has enterado?
-Pues por el Facebook, ¿cómo me voy a enterar? ¿qué te crees? ¿que leo las mentes, como el vampiro ese de mentirijillas que tanto te gusta?
-Oye...
-Sí, sí... ya lo sé. Perdona. Nada de meterse con Edward. Si era broma, mujer...
-Más te vale.-Mónica finge indignación, pero no consigue evitar que, pese a todo, se le escape una sonrisa.
-Venga, cuéntale a la tía Ele. ¿Qué te ha pasado?
-No, si... en realidad, no me ha pasado nada. -y ese es precisamente el problema, claro. Elena lo capta a la primera y la apremia con un gesto para que se lo cuente.
-Nada, tía... es que Marta me ha llamado toda emocionada para contarme que se va todo el fin de semana a un hotel con David, por San Valentín, ya sabes...
Elena tiene que hacer un serio esfuerzo por mantener la compostura, aunque por dentro, su expresión es como la del Fary comiendo limones. No es que "lo sepa", pero solo de imaginárselo ya se ha empachado con tanto azúcar. Suspira. En fin, cada uno tiene sus gustos, sus costumbres y sus formas de celebrar las cosas... Si irse a un hotelito cualquier fin de semana le parece estupendo, ¿por qué va a ser malo el 14 de febrero? Bueno, cualquier fin de semana no hay decoraciones tan horteras, ni tantas y tantas cosas estereotipadas... Pero, ¿qué no es estereotipado? Pocas cosas "auténticas" quedan ya. Lo importante es que se quieren y que sean felices... ¿qué me importa a mí cómo y cuándo se lo demuestren?
-Ajá... Y eso te pone mustia porque...
-No, bueno... si yo me alegro, me alegro mucho por ella, pero... -la forma en que Mónica rehuye su mirada se lo dice todo. Por más que le cueste entenderlo, Mónica envidia a Marta.
- ¿Qué vais a hacer tú y Gonzalo?
- Iremos a tomar un café el domingo para darnos los regalos... Un café cortito, porque el lunes tiene examen.
-Ya. -y se queda callada porque, sinceramente, no sabe qué decir.
-Sé que es una tontería, pero me haría ilusión... Es la primera vez que tengo novio el día de los enamorados... Bueno, quiero decir, un novio de verdad...
Entonces Elena sonríe y, por un momento, olvida que está de vuelta de según qué cosas. Olvida que les tiene manía a todas las cosas tópicas y típicas y se acuerda de cómo es tener 19 años y estar enamorada, del daño que hacen las comedias románticas y de que, envuelta en el vértigo del primer amor (un amor de verdad, de sentirlo*), es casi imposible no verse arrastrada por según qué corrientes.
-No te rías de mí. -suplica Mónica enfurruñada.
-No me río, sonrío. -aclara su amiga.
-Sé que piensas que es una estupidez, pero es que...
-Tú te habías imaginado otra cosa y te habías hecho ilusiones. -Mónica asiente con la cabeza.- Mira, yo te entiendo... -ante la cara de asombro de Mónica, se ve obligada a aclarar- No lo comparto, pero lo entiendo.
-Yo sí que no te entiendo a ti.
-Ya me entenderás. -y se reprende a sí misma en silencio por decir esa frase, una de esas cosas que hace que los seis años que las separan a veces parezcan un abismo. Aún así, no puede evitar añadir- Ahora lo más romántico que puedes imaginarte es una cena con velas o un fin de semana en un hotel, pero quizá dentro de algún tiempo descubras que...
-¿Que yo no tengo razón y tú sí? -suelta desafiante.
-Eso no es lo que quiero decir y lo sabes. Pero... no sé... hace unos años yo era como tú... bueno, algo menos ñoña, pero como tú... ¿y sabes qué? La vez que tuve la cena con velas y el ramo de flores en el jarrón... bueno, no estuvo mal, pero me pareció de todo menos romántico... era extraño, forzado...
-Eso es porque nunca hacen esas cosas por nosotras y entonces, cuando...
-No sé, Mónica, para mí los momentos románticos son otra cosa. La primera vez que invité a un chico a comer, aquí en este piso, estaba en segundo y me había quedado sola en casa... Había estado dando vueltas a qué cocinar... y cuando llegó le ofrecí un té, nos sentamos en el sofá, me besó y... ¡nos olvidamos de comer! ¿Ves? Eso me parece romántico... aquella sensación, esa forma de olvidarnos de todo... hasta de comer. -se ríe al recordarlo.- Y no lo cambiaría por mil fines de semana en un hotel.

* Hace años, jugando al karaoke en casa de unos amigos, una chica dijo "Ponme una canción de amor, pero de amor de verdad, de las de sentirlo" y se me viene a la cabeza en este tipo de situaciones.

Si Mónica lo ve así





Elena lo ve así



martes 9 de febrero de 2010

Puedo ponerme cursi y decir...

que, gracias a Doctora, he recordado uno de los momentos más románticos de mi vida. Un momento que fue platónico y más coña que otra cosa... que, supongo, es lo que hace que el tiempo no lo haya empañado y siga pareciéndome bonito y me haga sonreír y, segundos después, reír también.
Tiene que ver con esta canción:



Y es que la primera vez que la oí fue en una fiesta de prau, a la orilla de un árbol, con un colega del instituto que me comentó "Eh, Brizna, he descubierto algo nuevo de Sabina" ("nuevo" quería decir simplemente "algo que aún no había escuchado nunca y creo que tú tampoco"). Iba tan ciego de sidra que no le importó cantármela al oído, aunque nos convirtiésemos en la risión de la tarde.

Lo intenté, pero nunca más conseguí que volviese a cantarme nada. Y es que hay momentos que son únicos e irrepetibles. Y, la verdad, mejor que sea así.

sábado 6 de febrero de 2010

El aquapark y los pepinillos son buenísimos para la resaca

Ha llegado el momento de saber qué pasó con los pepinillos. La historia que voy a contaros sucedió el enero pasado en Cracovia. Había un chico polaco (llamémosle Tomek) muy majo que nos invitaba a su casa a tomar el té, a cenar, que nos hacía de guía turístico... era un sol, en resumen. Así que decidí hacerle un regalo de reyes. Björk y yo nos pusimos a trabajar y confeccionamos un Mochopoly con nuestras propias manitas (y hasta mis niños del cole me ayudaron a hacer las casitas y los hoteles). A Tomek le encantó el regalo y cuando se lo dimos invitó a un montón de gente a jugar en su casa al día siguiente. El asunto es que, por más que le expliqué mil y una veces que ese juego era para jugar con calimocho, cuando llegamos allí había una docena de botellas de vodka enfriándose en el balcón... pero ni rastro de otra cosa. Entre eso y que por una vez me dio por ser competitiva en un juego... imaginaos la cogorza. Acababa de plantar una casa en el Tesco y otra en el Carrefour... y lo siguiente que recuerdo es estar en la cama de Tomek, con él sentado a mi lado diciéndome que sentía muchísimo que no pudiese salir a bailar con ellos, a lo que yo contesté que sentía estar tan borracha que no podía moverme. Se fueron a bailar y yo me quedé durmiendo.
A la mañana siguiente, Tomek sacó toda la comida imaginable para desayunar. Cereales, leche, café, té, fruta, yogures, pan, mantequilla, mermelada, carne, queso... y sí, pepinillos. Yo no soy precisamente de esa clase de chicas que comen como pajaritos pero justo después de levantarme, con la cantidad de vodka que había bebido la noche anterior, todo me daba vueltas, y no me sentía capaz de comer gran cosa, así que me decidí por unos cereales con leche. Tomek no dejaba de insistirme para que comiese más, especialmente para que comiese carne, y me vi obligada a recordarle que en España, por lo general, desayunamos cosas dulces... pero era algo tan extraño para él que lo olvidaba a los dos segundos... y entonces fue cuando me ofreció los pepinillos. Yo ya llevaba varios meses allí y ya había visto gente comerlos hasta en el desayuno... pero una cosa es eso y otra que te los ofrezcan a ti. ¿Tengo yo cara de comer pepinillos para desayunar? Lo más curioso es que Tomek no se creía que no me gustasen... creía que yo estaba siendo educada, o tímida, o vete a saber qué... porque en el tarro de cristal que había en la mesa solo había dos pepinillos y mi amigo pensaba que no los quería para no dejarle sin ellos, así que se levantó de la mesa y cogió otro tarro del armario para demostrarme que le quedaban más. Yo estaba horrorizada, creyendo que acabaría teniendo que comerme los pepinillos por la fuerza (con escatológicos resultados) pero, aún así, con el miedo en el cuerpo, le expliqué, una vez más que no me gustan los pepinillos y que, si me gustasen, no los comería para desayunar. Pese a todo, creo que Tomek no me creyó del todo. Para él, que a alguien no le gusten los pepinillos, es tan incomprensible como para mí que haya gente en el mundo a la que no le gusta el chocolate.

En cuanto a la encuesta:
Un 42% habéis acertado y habéis dicho que un polaco me los ofreció para desayunar y aún no salgo de mi asombro.
Otro 42% os habéis tragado eso de que cuando era pequeña jugaba al escondite en la despensa de mi abuela (llena de botes de pepinillos) y me recuerdan a la infancia.
Un 14% creíais que me gusta cómo huelen.
Y ninguno de vosotros ha sido capaz de imaginarse que me gustase tomarlos para desayunar mojados en el colacao. (Juro que nunca he visto a nadie mojarlos en el colacao, algo tan salvaje solo podía pasar en mi imaginación).

Los polacos dicen que los pepinillos son buenísimos para la resaca, pero la verdad es que a mí no me hizo falta... salí de casa de mi amigo y tuve que pasear un rato por la ciudad cubierta de nieve y aunque ese día hiciese calor (estábamos a 0 grados después de haber estado a -20ºC durante una semana entera) el fresquito me despejó la cabeza. Tanto, que por la tarde me fui al aquapark con mis amigos, fresca como una kapusta.

sábado 30 de enero de 2010

La niña que no entendía a los mayores

Tengo amigas que me dicen que soy una insensible porque en las escenas de amor de las películas (y de las series, que es lo que más veo), en vez de ponerme a soltar la lagrimilla como hacen ellas, me descojono y, abrazada a un cojín, les digo a los personajes que son tontos, tontos de remate. Desde el cariño, pero se lo digo. De todas formas, no creo que mis amigas estén en lo cierto... porque si no ¿cómo se explica que haya estado llorando a moco tendido viendo Celia?
He visto en el apartado que la web de Rtve dedica a Celia una frase que me llamó la atención "la niña que no entendía a los mayores". Yo no sé si vosotros habéis tenido esa sensación, pero yo sí... no sólo cuando era pequeña y mis padres me decían eso de "¡no! ¡Porque yo lo digo!" (o "¡sí! ¡porque yo lo digo!", valen las dos) y no atendían a mis razones (cosa que sigue pasando, por cierto), también ahora. Yo hablo mucho, muchísimo... pero también soy tímida de entrada y como no me den algo de cuerda al principio... y esto es peor cuanto mayor es la persona con la que estoy hablando. Me siento fatal cuando me dejan sola con mis abuelas porque por mucho que las quiera, nunca sé de qué hablarles. Ya no quiero ni contaros con las que no son familia...
Con los niños, en cambio, todo es distinto, mucho más natural. Cuando estaba en Polonia huía de los profesores y me pasaba todo el rato con los críos, teniendo charlas de lo más curioso pese a mis problemas con el idioma. Me contaban de todo: los regalos que les habían hecho, las cosas que hacía su gato, que su hermano pequeño había pegado a otro niño en la guardería, que el abuelo estaba enfermo y a lo mejor se iba al cielo, que estaban nerviosos porque mamá había dicho que iba a venir a las tres y ya eran las cuatro y media... me hablaban de Hannah Montana, de Madagascar, de las pizzas de su abuela, de su comunión, me regalaban cromos, hacíamos dibujos, jugábamos a un montón de cosas... Y yo disfrutaba tanto o más que ellos.
Por eso, cuando el otro día vi de nuevo a esa niña que, con la mejor de las intenciones, no dejaba de hacer trastadas, no pude evitar llorar por mi infancia, bueno, por las dos: la mía y la que reviví con mis peques polacos.


lunes 25 de enero de 2010

El misterio de los pepinillos en vinagre

Llevaba unos cuantos días mustia y sin ganas de nada. Me pasa de vez en cuando (incluso desde que soy más feliz que Patri con todos los productos de Tarta de Fresa). No me suele durar porque hoy en día soy (casi todo el tiempo) una persona muy racional y sé que no tengo motivos para estar triste, pero a veces me pesa mucho tener a todos mis amigos lejos... Como no soy la clase de persona que necesita salir todos los fines de semana y me suelo entretener bastante bien sola (a consecuencia de mi asombrosa facilidad para engancharme a series y libros varios) no me molesta demasiado en general (me contento con el teléfono y con Internet)... hasta que de pronto y, sin saber bien por qué, siento una imperiosa necesidad de ver a alguien en particular, o cuando simplemente mataría por salir a pasear, a comerme un bocata de calamares, a tomar un café o a hacer la compra en el Dia con una amiga, hablar de tonterías cara a cara, poder darle un codazo si la ocasión lo requiere y que me acerque un pañuelo cuando lloro de la risa.
Entonces es cuando me pongo mustia, cuando me empiezo a sentir sola y, si esto estuviese sucediendo hace unos años, empezaría a montarme películas muy raras en la cabeza. Afortunadamente hoy en día, ya recuperada mi salud mental, me sacudo los pensamientos absurdos con un par de meneos a mi rizada cabellera y, siguiendo los sabios consejos que un día compartió conmigo un amigo de mi ex ("las depres hay que tomárselas como un catarro, te quedas en la cama dos días, lo sudas y luego a tirar para adelante otra vez") me encierro en mi habitación a ver series hasta que mi ordenador (o mi cabeza) amenaza con explotar (o hasta que se me pasa).
He estado un poco así prácticamente desde que volví de las vacaciones de Navidad (aunque lo peor han sido los últimos días, al principio yo creo que era cansancio y no tristeza) y me he visto las tres temporadas de La señora en dos patás. Soy una máquina. En lugar de empacharme, se produjo en mí una pasión tal por Rodolfo Sancho que empecé a ver la primera temporada de Amar en tiempos revueltos. Ayer algo hizo "clic" en mi cabeza y solo entré en la web de tve a la hora de la cena, para ver un capítulo de Águila Roja... Hoy, decidida a seguir avanzando en los pensamientos felices, escribí en mi estado del Facebook "pepinillos para desayunar" y recuperé el buen humor gradualmente.
¿Por qué? Ah, esa será la nueva pregunta de la encuesta.

En cuanto a la anterior (qué caducada se ha quedado ya, madre), estos son los resultados:
Un 60% pedisteis a los Reyes Magos el fuerte de Playmobil
Un 20% queríais un vodkapoly (para jugar con vodka de bisonte)
Un 20% se conformaba con que le contratasen como paje
Y sois tan agradecidos que ninguno se ha quejado de los regalos del año pasado =)

lunes 21 de diciembre de 2009

Blanca Navidad

Me gusta la Navidad... Hala, ya podéis matarme. Sé que lo guay hoy en día es decir que odias la Navidad, que todo es un invento del Corte Inglés y que son los peores días del año... pero ¡a mí me gusta! Me encantan las películas blandengues que ponen por estas fechas... desde la de Tim Allen haciendo de Santa Claus a Mary Poppins pasando por todas (o casi todas) las de animación que me echen. Me gusta el turrón, los polvorones, les casadielles... y con los años he aprendido a comerlo todo de forma moderada. Me gustan los adornos de Navidad, me gustan las postales, me gustan los regalos, me gusta venir a mi pueblo otra vez y reencontrarme con los compañeros del colegio y el instituto... ¡Me encanta! (Lo que me muchas veces se acaba convirtiendo en pesadilla es reencontrarme con mi familia ;-), pero eso es otra historia).
Lo malo es que mientras que a mí me gusta la Navidad, mi madre la odia. Que me encantan los adornos y mi madre hace años que no los pone porque dice que no tenemos sitio y que luego siempre le toca recoger a ella y está harta. Que me encantan los regalos (y, aunque no os lo creáis, me gusta más el hecho de regalar -y de haber pensado en algo bonito para otra persona- que el objeto en sí y el valor que pueda tener), pero hace años también que en mi casa los regalos no existen y han sido sustituidos por un puñado de euros para comprar ropa en las rebajas.
Esto, unido a que hace siete años, en mi primer año en la universidad, volví a casa un 18 de diciembre ilusionadísima por la Navidad y me encontré con que mi hermana se había escapado de casa (volvió a principios de enero, pero después de Reyes) contribuía a que, por mucho que me gusten, las Navidades fuesen una época triste para mí.
Pero se me curó en Cracovia (como casi todo). El año pasado estuve un mes haciendo adornos con los niños, y postales de Navidad. Jugué al amigo invisible con los demás voluntarios, una amiga me mandó turrón y se lo di a los guiris para probarlo, visité el mercadillo de Navidad de Cracovia (es precioso) y volví a España con regalitos para tres amigas, mis padres y mis hermanos. Mis padres y hermanos, como era de esperar, pasaron de todo cantidad... pero mis amigas se mostraron muy agradecidas, así que me quedé contentísima. Y luego, cuando volví a Polonia el 2 de enero, mis guiris me estaban esperando con los brazos abiertos y celebramos todos juntos el día de Reyes, con regalos y un pastel tradicional francés... porque les dije lo que significaría para mí volver a celebrar ese día como es debido.
Este año, de momento, he disfrutado muchísimo escribiendo postales de Navidad (he enviado al menos 15 y casi todas al extranjero) y ni siquiera me importa si recibiré respuesta o no... porque el buen rato que pasé escribiéndolas e imaginando la ilusión que les hará recibirlas no me lo quita nadie. He traído un regalo a mis dos mejores amigas de aquí que me encanta y, sinceramente, no quiero nada a cambio, pero sé que Ringlets me ha traído cosas de México y me hace feliz el hecho de que se haya acordado de mí. Valle, mi otra amiga, ha organizado una cena de Navidad el 26 de diciembre con los ex-compañeros del colegio y seguro que nos lo pasamos tan bien como en la del año pasado.
Ha nevado en mi pueblo y, aunque las carreteras están heladas y eso acojona bastante... en parte me gusta y me recuerda un poco al invierno polaco (aunque allí había mucha más nieve, claro). Ni siquiera me importa (demasiado) el catarrazo que me he cogido en 24 horas.
Y, por si no fuera poco, cuando llegué a casa el sábado descubrí con sorpresa (y gozo) que mi madre había colgado una estrella en la puerta y ha puesto un minibelén en la mesita del teléfono. Solo falta que nos permita a Ringlets y a mí pasar una tarde haciendo galletas de jengibre en casa y mi felicidad será completa.

¡Feliz Navidad a todos!

jueves 17 de diciembre de 2009

Un nórdico del Ikea

Me encanta cuidar de la gente. No sé si es que tengo el instinto maternal muy desarrollado o por qué, pero es así. Quienes me conocen lo saben bien... de hecho, estoy segura de que muchas veces mi afán de cuidarles se convirtió en una pesadilla (puedo ser peor que todas las madres sobreprotectoras del mundo juntas si me lo propongo) pero, como en todo, me he moderado en este aspecto durante el último año.
Pero aunque me encanta cuidar de los demás, muchas veces me sentía triste pensando que nadie cuidaba de mí (lo que no era del todo justo, debo decir). Hay gente que me cuida y gente que me quiere, pero cuando pienso en ello hay una persona especialmente que hace que me sienta protegida como si me estuviesen envolviendo en un nórdico del Ikea.

Y esa persona es Hans, mi amigo alemán. Es uno de los muchos voluntarios con quienes pasé el año pasado en Cracovia. Tiene sus cosas, todos las tenemos (y no sé si es impresión mía pero los alemanes pueden ser bastante raritos) y ni siquiera éramos tan, tan cercanos pero cuidó de mí cuando me hizo falta... aunque es (al menos) cinco años más joven que yo.
Cuando volví a Cracovia después de Navidad llevaba conmigo un trancazo terrible. Llegué a media mañana, cuando todos estaban trabajando, y me metí en la cama después de llamar a Björk y decirle que ya estaba en casa. Me desperté casi dos horas después con un abrazo de Björk (lo primero que vi al abrir los ojos fue su pelo rojo fuego) y, casi inmediatamente, empecé a toser. Sin mediar palabra, Hans corrió al czajnik para hacerme un té... Y, ya veis qué poco necesito para ser feliz, me pareció uno de los gestos más bonitos que alguien ha tenido conmigo.
Dos meses más tarde, cuando entré en guerra con mi compañera de habitación, Hans también estuvo ahí: escuchándome, regalándome chocolate, viendo una peli conmigo, acompañándome a hablar con mi coordinadora y sí, haciéndome té. Hasta recriminándole a Björk que hubiese intervenido (con buenas intenciones pero) haciéndome sentir peor.

Mi prima me preguntó el otro día si no tengo novio. Cuando le dije que no me interesa en este momento me contestó que a veces es bueno tener compañía y cariño. No se lo discuto. Pero, con los amigos que tengo, ¿puede alguien pensar que estoy necesitada de cariño?